sábado, noviembre 13, 2010

Más de las hallacas: ¡Yo también quiero!


Contrapunteo con Naky :)

Ella quiere hacer hallacas. Yo también, pero quiero contar aquellas cosas que van más allá de la "hechura", las dictadoras que hacen el guiso, el esclavizante trabajo de preparar las hojas. Creo que cada uno de nosotros tiene recuerdos relativos a las hallacas, e invito a todos a compartirlos.

Mi abuela paterna era la matrona de las multisápidas: las hacía poniendo a pilar el maíz a sus hijos y controlando cada paso del proceso. La repartición de tareas estaba relacionada con el nivel de cariño que ella te tenía: aśi, mi mamá, era la "lavahojas", mientras mi tía, su hija, al menos en esos años de mi infancia era la que no ponían a hacer casi nada. En una de esas hechuras me eché mi primera rasca, ya que aburridos del "muchacho quítate del medio", nos pusimos a imitar entre los primos una famosa propaganda de brandy donde el licor era prendido. Después, como no hallábamos que hacer con el líquido, decidimos tomarlo de a poquito, pero después de haber pasado por bocas que no se abrían, yo valientemente me lo zampé de un trancazo. En un rato no me soportaba, y la familia extrañada se preguntaba que le había pasado a la normalmente tranquila Beatriz.

Mi mamá se liberó del yugo de la suegra, y en determinado momento comenzamos a hacerlas en nuestra casa. La elaboración era caótica, ya que mamá no tenía nociones de cantidades o sazón, a pesar de lo cual siempre quedaban a nuestro gusto, pero de todos tamaños y formas, asi como distintas: quizás a las última le faltaba tocino o el quiso no tenía pasas. Mi mamá . siempre práctica usaba la licuadora y otras ayudas en demasía, y fué ella la que introdujo el papel aluminio para la parte exterior de las hallacas y para los bollos. Las puristas hubieran muerto con las hallacas nuestras :)

Hice una pequeña pasantía con mi madrastra, quién era tan estricta como la abuela pero que a la vez nos consideraba mas a mi y al esposo: como el mismo comenta, de no ser tomado en cuenta pasaba a "prueba esta masa y dime que le falta, ¿caldo, vino o sal?".

Mi matrimonio temprano hizo que me mudara a casa de la suegra, a quién adoro pero que no podía ser mas parecida a mi abuela. De férrea dictadura, por supuesto - y ahora sé que no por falta de cariño - fuí asignada en los comienzo a la amarga labor de lavar hojas. Y no era tanto lavarlas, sino estar lejos de la acción: lejos de la música, del ponsigué macerado por un año en caña clara, de la posibilidad de robarte una aceituna o pasa. Eso de aguantar la respiración mientras abres el paquete verde, porque la lotería puede favorecerte con unas hojas decentes o hacerte la labor mas pesada con hojas sucias, fáciles de romper o simplemente pequeñas. No recuerdo en que año armé una verdadera revolución y protesté a viva voz esa tarea. Paśe a estirar masa, labor que requería la aprobación por unidad de cada hallaca, donde nunca faltaba el "está muy gruesa" o "muy chiquita". Eso si, las hallacas de Elena no tiene comparación y de ella aprendí el truco de hacerlas equitativas: todas llevan además del quiso su pedazo de carne, cochino y pollo cocido como adorno sumado a todos los demás.

Y vino la mudanza. Y la nostalgia. Y el me niego a pagar $8 por una hallaca. Y lo que parecía una labor imposible para dos, se ha convertido en algo que ya tiene sus historias, sus ritos, sus costumbres. Siempre se comienza comprando las cosas - que se consiguen todas, al menos en Miami - un viernes en la tarde y se cocinan las carnes y se preparan los aliños sin procesadores de alimentos, liquadoras o ayudas distintas a la "tracción de sangre". El pica, yo limpio y selecciono las hojas que vienen en una práctica bolsita, pero ni cortadas ni limpias. Nos preparamos una piña colada o una cervecita mientras se cocina el guiso y la hija viene a preguntar cuando va a estar listo, pero sin ayudar en nada. Este día no falla la llamada a la matrona que tenemos disponible, mi querida Elena, ya más para saludar que para preguntarle los trucos y cantidades que ya una vez nos dejó escrito en una ficha ya deteriorada por los años y el sucio. La mañana siguiente comenzamos con la labor de preparar, vuelvo de nuevo a estirar pero esta vez distribuyo yo misma el quiso y pongo los adornos en orden, no vaya a ser que la cosa al abrirla parezca un masacote. Ya a las 4-5 uno está de abandonar lo que se sabe innabandonable, porque vienen los bollitos, de los cuales hay que hacer una parte picante, otra con pepitonas (cuando se consiguen) y el resto simples, que es como los comen los que nos motivan a echarnos esta vaina cada año: no solo son los hijos, son la pequeña familia que formas con los amigos, sus esposos, sus hijos, los nuevos amigos a quienes perdonas, por ser de otra nacionalidad, que le digan tamales a tus hallacas hechas con tanto amor y trabajo.

Haremos para el día de acción de gracias, esta fabulosa fecha que los gringos inventaron para unir a todo el mundo sin importar sus creencias. Y si bien la imagen del pavo y el puré de papa con hallacas, bollos y pan de jamón no puede catalogarse sino de cursi, sabemos que nuestra gente no espera menos.

Las hallacas nos unen con lo que fuimos y yo espero que mi hijos sigan con la tradición algún día. Mientras el cuerpo aguante las seguimos haciendo, porque no hay nada mejor que el "yum yum" de mi pequeña cuando las prueba o verla parada frente a la nevera contando las que quedan y preguntando cuales se van a regalar para asi planear sus comidas.