domingo, enero 08, 2006

Zapatos nuevos

¿Pero qué tienen mi zapatos?, la pregunta, que molesta me dirígió la profesora de física en una clase, ya hacía algunos años,vino a mi mente en este momento. Vaya, eran horribles aunque uno no se atreviese a decírselo, pero al menos eran, no como estoy yo ahora, que no tengo un par de esos objetos a qué calificar de nada, para la importante cita que tengo esta tarde.
No es propiamente que ando descalza, pero la verdad solo tengo lo necesario para cubrime los pies, unos tenis que cargo en mis largas caminatas de donde me deja el colectivo a la casa, a través de los vericuetos llenos de escalones que me llevan a mi barrio. Los otros, resultado de una compra fiada de lástima, lo único que tienen en común conmigo es que se ajustan al tamaño de mis pies, su color purpura con detalles de gamuza lo hacen más feos de lo que pueda uno imaginarse y solo la necesidad y un blue jean que los disimule puede hacer que me los ponga.
Pero hoy necesitaba lucir lo mejor, me pondría ese vestidito que alguna vez me dejó mi mamá, ese que solo lleva polvo en el closet porque no hay ocasión de usarlo, ni dinero para ir a un lugar donde lucirlo, entre esa maraña de actividades llamada rutina.
Pero esta cita era importante; “a la salida del instituto me buscas”, me dijo con su nada pausada voz, “nos sentamos a echar una conversadita por allí después”.
¿Cómo iba a presentarmele desarreglada, mal vestida, mal calzada? No puedo dejar que se vea el trabajo que se ha pasado y se pasa, la privaciones, la falta de bienes materiales y otros logros. Por eso los zapatos se hacen fundamentales, son el camuflage que necesito para que acompañe la imagen prestada en forma de vestido y cartera, junto a un poco de maquillaje – no mucho, nunca le habían gustado los excesos - haría lo demás, sin duda.
Me fui temprano a la ciudad, para estar cerca del sitio de recogida y a la vez, en el centro, buscar el complemento del disfráz. Se me hizo difícil, porque los recursos tampoco estaban muy amplios, pero al final encontre lo que necesitaba, ni tan bueno ni tan bonito pero si barato, de color negro 38 – un poco apretados – con un coqueto lazo y una piel sintética que nueva, al menos parecía cuero. Me sobró inclusive para las pantimedias, y en un acto de atrevimiento y malabarismo sin precedentes la intimidad de un vehículo me permitió cambiar, no sin pocas dificultades la apariencia de mis piernas.
No tengo quejas, porque la noche fue un éxito y los zapatos cumplieron su cometido. Y casi solo su cometido, porque no aguantaron un palo de agua, ni los pelones típicos que se les producen a los calzados de mala calidad con el uso, ni la estrechez, que solo se soporta cuando la ocasión lo merece y se confunde con los otros dolores que se tratan de ocultar. Fue un rato feliz y diferente, inocente y cargado de nostalgias de los viejos tiempos, donde de vez en cuando se asomó con discreción la curiosidad de saber por la pareja, los muchachos, el trabajo, la familia y la vida. Ya no tengo necesidad de salir a comprar prendas que muestren nada que no soy, pero a este par lo recuerdo con cariño, y sobretodo al motivo que me hizo adquirilos.

3 comentarios:

DINOBAT dijo...

Hay cosas que ligamos a momentos que crean recuerdos inolvidables...algunos lo llaman vivir....

carlos martinez dijo...

Gracias por el esfuerzo. Personalmente agradezco muchisimo que la gente se tome la molestia de arreglarse un poco para lo que puede ser el principio de algo importante.
Por aquí (España)se cuidan bastante,las hispanas lo necesitan menos y con poco se apañan, pero las germánicas y anglosajonas...no van a un salón de belleza en su vida.
¿Se nota que estoy en el gremio?

LUIS AMÉZAGA dijo...

He de reconocerlo, los pies es lo último que miro de una mujer, y si los miro. ;)