jueves, enero 12, 2006

A que no me conoces

Y llegó él con su fuerza y buena disposición para arreglar todo. Desde el primer día se ocupó de - tratando de no mostrar su carácter porfiado y una vida completa de considerarse con la razón - intervenir en el destino de la desarreglada casa familiar. Esta tostadora estaba mala, era solo un cable suelto; a esas persianas solo le faltaba un tornillo para abrir y cerrar sin problema y ya la puerta del garaje no sonará más, porque le hacia falta, únicamente, unas goticas de aceite.
Había un sartén viejo y empegostado. No siendo yo muy hábil con el brillo, los residuos de antiguos platos allí preparados convivían en desorden en esa especie de mina de carbón circular. Aún así, era un utensilio de mucho uso en la cocina, sobretodo para freir huevos y calentar pequeñas porciones de alimentos, de esas que no se quieren botar y después pasan a engrosar alguna cintura en la familia ¡Vivía en las hornillas!
Cómo un aparato más que componer, se plegó ella a él. Trato de absorver todo su conocimiento, de monopolizar todo su tiempo, de enseñarle sus secretos, tal como hacía con cada visita, familia o no, quizás por la necesidad de llenar el espacio hogareño con algo mas que la trilogía papá-mamá-hermanos que quierén mucho pero que a veces aburren. Se extraña lo que no se tiene, a pesar de que no se conoce.
Asi como ella entró en su ámbito, asi mismo lo hizo mi sartén, el de los huevos y los recalentados. Ambos se pusieron en sus manos expertas, para ser pulidos y mejorados, para optimizar su apariencia uno, y sus conocimentos y lenguaje, la otra. Los dos aceptaron indefensos la posición de necesitados de atención, y el con gusto, excesivo quizás, les hizo los honores, colocándose en la superior posición de restaurador/maestro.
Poco a poco se fueron ablandando las manchas de mi utensilio como también se disolvieron la timidez y la falta de confianza que normalmente tiene un niño con un extraño. Tal como el agua jabonosa con que se remojaba el sartencillo inundaba hasta ahogar y hacer flotar sus manchas, asi mismo ella se había sumergido en los ratos que a solas compartía con él, leyendo y hablando. Y por supuesto no faltaron la ocasiones en que con la misma terquedad que un poderoso tizne no daba su brazo a torcer despegándose, las discusiones sobre lo “bueno”y lo “malo” acaloraban al viejo y a la niña.
Pero así como el sartén perdió su negrura, asi mismo ella perdió su inocencia, bajo las mismas manos, con la misma incapacidad para oponerse a un destino ya trazado por una mente laboriosa pero enferma. Y este nuevo brillo desentona en mi cocina, es tan inadecuado como perversa la mano adulta sobre la intimidad de sus cortos años, su presencia ahora entre mis ollas está tan fuera de lugar como la de este abusador que ahora veo con esposas y escoltado por la policía desde mi la cocina. Un papel con la frase “¡A que no me conoces!” resaltaba dentro del encandilante sarten. Lo tomé por el mango y junto con la nota fueron recibidos, con toda justicia, con toda su simbología, por mi usado e implacable bote de basura.

2 comentarios:

Luis Andrade dijo...

Tenebroso, triste y tan común... Sentida metáfora y bien escrita.

Un fuerte abrazo,

LUIS AMÉZAGA dijo...

Un "manitas" en el amplio sentido de la palabra en tu cocina. La negrura se esconde tras el brillo, no como tu sartén.