Un día como hoy, hace nueve años, la familia y yo llevamos a cabo este acto ambiguo de valentía/cobardía que se llama trasladarse a otro país dejando el propio, acompañados por solo un par de maletas y prácticamente limpios (sin dinero) . No voy a repetir el cliché de llenos de sueños, porque sabíamos exactamente a que veníamos - a trabajar como unos locos - pero si huyéndole al peor de los estigmas, no la pobreza solamente, no la falta de oportunidades, sino también una idiosincracia con la que, la verdad nunca nos identificamos: la del abuso, la de el reinado del más vivo, la del pendejo sin remedio en un país que limitaba, al menos en ese momento sus oportunidades para estos. Corríjanme si algo de esto ha cambiado y aclaro que el síndrome pendejil no ha cambiado, pero aqui, con todo y argumentos de ciudadanía de segunda, es mas llevadero.
Reproduzco aqui la carta que dejé y que El Nacional publicó ese domingo 2 de enero del 97, muchos me leyeron y aprobaron, algunos criticaron y hasta hizo que me reuniese con viejas amistades. La leo ahora con cierta verguenza, no solo por asuntos de redacción sino de contenido, pero me digo que era así como sentía:
" No puedo irme sin decir...
"La patria es el hombre"
Alí Primera.
Se supone que tengo a Dios agarrado por la chiva: una calcomanía en mi pasaporte (y los de mi familia) que dice que puedo residir en los Estados Unidos, con todas ventajas que eso conlleva. Pero no me puedo ir sin decirle a mis compatriotas lo que llevo por dentro, un desasosiego me posee (si, soy una tonta) porque en el fondo sé que estoy abandonando mi país: donde crecí, donde aprendí, donde formé mi familia. Podría quedarme, pero ¿ que condiciones tengo aquí que apoyen esa decisión?: no poseo una vivienda decente, aunque dejo un trabajo satisfactorio, no es remunerativamente adecuado (era profesora universitaria) y las condiciones archiconocidas de inseguridad personal, jurídica y tantas otras no me permiten rechazar lo que es para muchos mi gran oportunidad.
Voy a extrañar muchísimas cosas: los amores, los amigos, la familia, los paisajes que pienso que solo aquí se ven, a la Universidad Simón Bolivar Sede del Litoral, a la Universidad Central de Venezuela, nuestra alegría y buen humor.
No van a hacerme falta para nada nuestros políticos y partidos (te excluyo Irene), los especuladores, los delincuentes (fundamentalmente los de cuello blanco), los que me estafaron a lo largo de mi vida (entre los que incluyo al Estado).
Tal vez solo este tratando de justificar lo que yo siento que es una traición, pero sé que no soy lo suficientemente valiente para quitarle a mis pequeños hijos una oportunidad que en las condiciones actuales no tienen en el país que los vió nacer.
Me voy (estos son mis sentimientos ahora) con la esperanza de volver. Tengo planes para contribuir en lo que pueda, en mi área de influencia, desde allá y no perder contacto. Pueden estar seguros que no verán en mi vehículo gringo una calcomanía de Venezuela, ni esos símbolos externos de patriotismo. La patria la llevo en el corazón.
Martha Beatriz (mis apellidos y datos personales, siguen)"