“Ya va terminar el curso, las niñas cambiarán de escuela y aún no me das la receta de los taquitos de queso”- o tequeños para los lectores que no son venezolanos -, me dijo la madre de una compañera de clases de mi pequeña, y esto me hizo ver cuanto camino había recorrido desde la primera vez que los preparé y los hice famosos, además de, luchar, de una manera quizás muy modesta, a favor de mantener mi identidad como venezolana.
Todo comenzó con una de esas fiestas escolares que nos ponen a las madres a enviar contribuciones obligadas: para el día de acción de gracias puede ser a uno le toquen los refrescos, bbb (bueno, bonito y barato) y para navidad una torta, quizás. No recuerdo la ocasión, pero esta vez me pedían directamente lo que debía llevar, de una lista, lo que era conveniente, pero a la vez indignante: todos los platos propuestos eran pasapalos cubanos – pastelitos de queso y guayaba, croquetas, pastelitos de carne – lo cual no tenía razón para ser así en particular y me pareció una falta de respeto para con los niños, no solo latinos de otras nacionalidades, sino los propios estadounidenses, que aún cuando son una rareza en este mezclote que es Miami, con su pelo rubio y ojos claros también son – que ironía – una minoría a tomar en cuenta entre los grupos étnicos que pueblan los salones de clase. La obligación de celebrar a juro una fiesta a lo cubano sin ningún motivo me molestó y entonces taché lo que me pedían y agregué un ítem a la lista: Tequeños ( fried cheese sticks) preguntándole expresamente a la maestra, si me era permitido, haciéndome, adecuadamente, la inocente. Por supuesto no tuvo excusa para limitarme y la razón de dedicarme a preparar algo criollo en vez de comprar algo fácil – lo recomendado, no vaya a ser que un carajito se enferme con lo tuyo y la familia te demande – fue orgullo, hacer notar la nacionalidad familiar por medio de la cocina.
Los tequeños no solo fueron un éxito, sino que de allí en adelante mi hija no necesitaba preguntar que llevaría a las fiestas de la clase, los niños de todos los orígenes se peleaban el derecho a consumirlos, lo que me obligaba a preparar cada vez más y la madre del comienzo del artículo fue solo una de las tantas personas que me pidieron la receta, amén de que por intermedio de mis delicias de queso conocí a una amiga venezolana que identificó de inmediato el plato y ahora somos inseparables. En fin estoy orgullosa de este sencillo plato, de su significado y de que guste tanto. Le agradezco a Armando Scannone, cuyo libro tuvo una cuñada la gentileza de regalarme, del cual obtengo las recetas no solo de las cosas propias, sino también las mejores indicaciones para preparar platos de cocina internacional. ¿No les provocó comerse unos? ¡Son fáciles de preparar!
