sábado, mayo 14, 2005

Defendiendo a mi Caracas

Para mi papá, que nació “a dos cuadras del
Panteón y cinco de la Plaza Bolívar”

El “mi Caracas” del título, hace recordar, una de las melosas canciones que el maestro Billo Frómeta le dedicó a nuestra capital. Que vacías suenan esas estrofas ahora que se ha institucionalizado el desorden en el corazón del país.
Caracas denomina no solo a una ciudad, para los caraqueños contemporáneos – si, los que crecimos en los 40 años de “corruptocracia” –Caracas significaba cualquier sector entre Catia y Petare con límite en el Mercado Mayor de Coche, cuando solo teníamos los Departamentos Libertador y Vargas y no habíamos vivido la pesadilla de verlos crecer, multiplicarse, dividirse y estrenar nombres sin beneficio alguno.
Conocí la Caracas tradicional en autobús, aprendizaje que comenzó desde que era una niña junto con la tropa familiar, que a falta de entretenimiento consideraba que tomar el colectivo y llenarlo de muchachos, cada uno en una ventana era una buena manera de llenar la vacía tarde de un domingo. Hacíamos la ruta completa, hasta que el “crack-crack”del freno nos hacía descender, pasar un rato averiguando donde estábamos, con suerte tomarnos una grapé en alguna panadería cuyo nombre comenzara por “Flor de” para entonces hacer el viaje de regreso. Inolvidables las diligencias en el Centro que nos obligaban a cruzar el Pasaje Zing a través de su flamante escalera mecánica o correr por los lisos pisos del Centro Simón Bolívar para al final deslizarnos en ellos. Solo ahora me percato de la belleza de estos pasajes, escondida ahora bajo el sucio y los malos olores.
Ya adolescente un trabajo de office-girl me hizo recorrer la ciudad de manera distinta: las entregas podían llevarme a una hermosa quinta en Prados del Este o a una humilde morada en San Agustín del Sur, así como a conocer los antecesores de los actuales edificios de oficinas y la mecánica para “llegarles” y “entrarles”.
Como pichón de adulto aprendí porqué la UCV es patrimonio de la humanidad y me enamoré de algunos de los rituales que adquiría todo aquel que quisiera hacerse pasar por uno: La visita a las discotecas en cambote, de cuya salida a la madrugada no se temía, la ida al Centro Comercial Chacaito – ique Sambil ni que niño muerto! – a tomarse lo que permitía el bolsillo, un con leche grande estirado hasta la última gotica y un capuchino si era quincena, la caminadita por todo el boulevard de Sabana Grande agarrada de manos del novio para llegar “al momento más oscuro” en alguno de los cines de la Plaza Venezuela y la visita de rigor a Parque Central y sus museos, opción que combinaba cultura con economía.
Esa es la Caracas que recuerdo y aún cuando acepto que ha cambiado, nunca estoy preparada para verla cada vez más deteriorada, más abandonada, más sucia. Así y todo la quiero, es por ello que no acepto que ninguna revolución ni proyecto intente hacer lo que la anarquía, la negligencia y la inseguridad personal han intentado sin éxito: Quitarnos áreas de nuestra ciudad y limitarnos el derecho a respirar, en un aire de real democracia nuestro caos y nuestra neurosis. Caracas ya no será la sucursal del cielo, pero a falta de sustitutas nos quedamos con ella.
** Este articulo tiene sus tiempito: no es la revolución, sino el capitalismo el que nos esta desapareciendo espacios de la capital. A pesar de un anuncio que se hizo en aquellos días, de limitar el libre transito por ciertas zonas - debido a las marchas constantes de la oposicion - nunca, que sepa se llego a concretar la medida. !Aclaro!

8 comentarios:

Bogato dijo...

Primero que nada que alegría la saber que compartimos ciudad y ojalá el destino, o el previo acuerdo, nos encuentre en una de éstas soleadas calles. por otro lado he descubierto un encanto en conocer las ciudades en los recuerdos de quienes las han amado, que no existe al conocerlas de otras maneras. Precisamente Caracas no la conosco, pero los brazos de la amistad me llevaron a recorer el tobogan de calles que es San Cristobal, una ciudad pequeña pero que cobija grandes amigos mios. Un saludo y un abrazo. Confío en que nos continuemos visitando.

Jorge Gómez Jiménez dijo...

Martha: yo llegué a Caracas en 1987 y fue amor a primera vista. Asumo que en algún grado debo ser loco, acatando aquel tópico que reza: Caracas es pa' locos. Para alguien como yo, nacido en Cagua en una época en que esta era una pequeña ciudad pletórica de bucolismo, medio selvática, el encuentro con el cosmopolitismo, con la locura citadina, causó un impacto definitivo en mí que revolvió mi forma de ser, de pensar, de escribir.

Al llegar a la capital empecé a trabajar en El Nuevo País, el diario de Rafael Poleo que publicaría su primera edición el 23 de enero de 1988. Ya desde varios meses antes —yo entré en noviembre de 1987— se hacían pruebas con las máquinas, eso que en el periodismo se llama números cero. Poleo publicaría más adelante, ya con el periódico en la calle, una crónica en la que recordaba un episodio después de un homenaje que la revista Zeta —también de su grupo editorial— le hacía al maestro Billo. Al terminar el homenaje, Billo salió a la calle acompañado de Poleo, a buscar un taxi como cualquier hijo de vecino. Billo se despide y Poleo le dice que cómo va a despedirse, que él va a acompañarlo a la esquina, hasta que consiga el taxi, que es peligroso. Billo entorna los ojos y le pregunta: "¿Peligroso? ¿Por qué?". Sencillamente, a Billo le parecía absurdo que su Caracas pudiera representarle algún peligro.

Me asusta (por mi propia seguridad) darme cuenta de que a mí me pasa algo así con Caracas, pero a la vez me mantiene optimista sobre la posibilidad de que algún día la ciudad sea rescatada. Eso sí sería revolucionario y bonito.

Para cerrar, la panadería que está en la plaza Sucre de Cagua (nuestra plaza principal) es, también, "Flor de". Adivina de qué. "Flor de Cagua".

RomRod dijo...

esa ciudad nuestra que describes no se parece en nada a la Caracas de mis padres y mucho menos a la de mis abuelos. Así es la transformación de nuestros espacios. ¿Capitalismo? puede ser, pero también socialismo, populismo o simplemente urbanismo o paisajismo. Un montón de ismos... Así como nosotros añoramos los días de recorrer Caracas en un San Ruperto o en un Leyland de los de Diego Arria que iban de Montalbán hasta La Urbina, nuestros abuelos lloraban la pérdida del Gran Ferrocarril de Venezuela y los tranvías. Puntos de vista, épocas distintas.

LUIS AMÉZAGA dijo...

Bonito viaje por una Caracas que no conozco.

la maga dijo...

yo también amo a Caracas y sus contradicciones. me entristece que algunas cosas de mi infancia ya no existan, como el parque El Conde o el viejo cine Lido o el cine La Castellana o el cine Altamira o esos cinecitos de Sabana Grande (el ¿Apolo? era uno). Lo triste es que los cambios (al menos esos) han sido para peor

IP dijo...

Otra enamorada de Caracas. Mi hogar.

La tuya no es exactamente la mía. La mía es la de los ´80 y los ´90.

Comenzaba el deterioro, lo reconozco.
Pero, mi nostalgia la ve hermosa. La vi hermosa hasta el 2001, cuando la dejé.
Ahora me da tristeza cuando la visito. Pero quiero volver.

Jorge Gómez Jiménez dijo...

Aprendiz, ¿el Apolo no era en el centro?

Yo extraño la monumentalidad del Radio City, cine en el que me deshice de un despecho en 1991 gracias a Terry Jones y su "Eric el vikingo". Ahora, cuando lo veo cerrado pero altivo, con su cartelera eterna, recuerdo a aquel viejo cine de San Bernardino (¿San Bernardino o La Pastora?, qué mala memoria) en el que Chalbaud filmó "La oveja negra", y que mostró durante décadas un cartel de Chaplin.

Anónimo dijo...

Yo soy de la provincia del pais de un pueblecito, pero trabajo en caracas y ya estoy acostumbrado y volviendo a mi pueblo de vacaciones me doy cuenta de la delincuencia desbordada que yo creia solo veia en caracas, y es que vamos pa tras, pasan los años y nuestro estilo de vida se deteriora mas y eso es a nivel nacional, sin meterme en el tema politico, pareciera que a medida que pasan los años la calle se vuelve mas agresiva, abandonada, deteriorada, y entonces?